27 sept 2009

Capítulo 1: Introducción

Abrí los ojos. Una luz blanca y potente encandiló mis ojos. El estridente sonido del despertador me alteraba los nervios. Levanté mi mano casi sin fuerzas y, tanteando, apagué el molesto aparato. -Genial- Pensé - Otro interesante día en la ciudad de Winnipeg- Suspiré. La verdad es que la idea no era de mi total agrado. Junté fuerzas que no sabía de dónde habían salido y me levanté de la cama. Me apresuré y busqué qué ponerme en el armario. Como no había hecho ruido alguno como solía hacer cuando me levantaba, Heather me gritó desde abajo:
Jules! ¡Levántate, hija!- con el malhumor de la mañana, me molestó que me gritara, ya que ya estaba fuera de la cama.
-¡Ya estoy levantada, madre!- hubo silencio.
-Oh, lo lamento, no te oí- dijo, y no volvió a hablar.
Era un día como cualquier otro: Iba al mismo instituto al que había ido mis 17 años de vida, vivía en la misma casa, con mi madre, no conocía a mi padre, -ya que cuando era pequeña nos había abandonado. Al parecer, yo era demasiada responsabilidad. La verdad, agradecía no recordar nada sobre él.-, todo era normal. Sólo que hoy era principio de año. La verdad, no me hacía problema ya que conocía a todos, así que como dije, todo era común. Sin embargo, no sabía por qué motivo, tenía el presentimiento de que algo iba a pasar. No tenía idea de qué podría ser, pero sabía que pasaría.Cuando me terminé de vestir, me paré frente al espejo: nunca había sido de esas chicas guapas y esbeltas; al contrario, yo era delgada, medía alrededor de 1,65 y no era de llamar la atención. Tampoco me gustaba. Siempre había disfrutado ser una del montón; tenía el pelo castaño, casi castaño oscuro, ondulado y largo con bucles en las puntas, más claros que la raíz. Eso sí, esos bucles se armaban sólo cuando podía arreglarme el pelo y éste no era una maraña. Había días en los que no era posible hacer nada para acomodarlo, entonces me ponía algún buzo con capucha, y no me lo sacaba hasta el final del día. Obviamente no tenía problemas, no sufría del calor ni nada por el estilo, ya que en Winnipeg era como un invierno eterno y siempre hacía frío. Aunque también debo admitir que amaba usar esos buzos, así que usar la capucha era más un hábito.Cuando subí la mirada para recorrer mi aspecto, llegué a la altura de mi cara y unos grandes ojos color miel me devolvieron la mirada. Creo que mis ojos eran lo que más me gustaban de mí. El color me hacía acordar al otoño, mi estación favorita.